viernes, 17 de septiembre de 2010

LOS REMEDIO DE DOÑA JUSTINA


Remedios, brebajes e infusiones,
que no hay médico que cure
lo que yo curo
con mis pociones

Personaje curioso vivió en nuestra ciudad, como lo era doña Justina Valcárcel allá por 1880, quien era muy solicitada en el oficio de curar todo mal; dicha señora inclusive tenia mayor aceptación que los médicos de ese entonces y sus recomendaciones eran seguidas por parte de sus pacientes al pie de la letra con una fe única e inquebrantable, como reza el dicho antiguo: “donde hay dolor, ahí mismito cae doña Justina” la cual vivía en las afueras del pueblo, en la parte que hoy es conocida como “El Monte”.Dicha mujer, se dirigía todos los días al centro del pueblo a realizar sus quehaceres muy temprano por la mañana, pero ni bien era vista por los pobladores, estos se pasaban la voz informando de su llegada para correr hacia ella y pedirle que por favor visite a algún enfermo, o simplemente para consultar sobre un problema en la salud de un familiar; era tanta la fe que se le tenia a esta señora que las muestras de agradecimiento luego de sus visitas eran muchas; esto por lo contrario también le trajo diversos problemas, ya que mucha gente la tildaba de bruja o que hacia pactos con el diablo para curar a sus pacientes, pero bastaba la sola visita de esta inofensiva anciana a la casa del enfermo, para que la tranquilidad de los miembros de la familia vuelva con ellos.

Sus remedios caseros los llevaba en un gran bolso, en el cual tenía todo lo esencial para preparar sus brebajes e infusiones o sino mandaba a conseguir lo necesario de por ahí; luego como obra y gracia del señor, las muestras de mejora se daban en el paciente y como ella decía luego de aplicar sus conocimientos ¡santo remedio! para luego retirarse con una gran sonrisa dibujada en el rostro, complacida de ayudar a quienes lo necesitaban.
Así un día, al llegar a la casa del primer enfermo que visitaba esa mañana, se le acercó un familiar y le dijo:
- mi sobrino desde ayer tiene una hemorragia nasal que no le para por nada.
Para lo cual la abuelita comenzó su labor, pidiendo tarugos de cebollas que mandó a colocar en las ventanas nasales del enfermo, después indicó que se le ponga un papel mojado en la frente, para recomendar que más tarde se le levante el brazo izquierdo y se le recline la cabeza hacia atrás al paciente; ¡santo remedio!.
Otro día se le acercó una madre desconsolada por la salud de su hijo, la cual consultó a la abuela, con un susurro al oído:
- ya no se qué hacer con mi muchacho, todos los médicos del pueblo lo han visto y no le han dado solución a los granos que tiene en la cara y espalda.
No hay problema, dijo la anciana sacando unas cuantas hojas de guayabo de su bolso, para luego ordenar que se le lave la parte afectada con el cocimiento de estas; y nuevamente ¡santo remedio!
Con el pasar de los años no había dolor de estomago que doña Justina no cure con sus infusiones de manzanilla, ni dolor de pecho para el cual preparaba una infusión de azahar de naranja o clavel, mucho menos una gripe que haga sentir mal, para esto la abuelita ponía corontas o marlos de maíz al fuego para que el paciente haga inhalaciones de este humo, lo cual secaba la secreción nasal.
Cosa curiosa pasó una vez que fue llamada a altas horas de la noche por los propios doctores de la época, para que cure a un paciente que sufría de una severa insolación, así sin más ni más la abuelita se dirigió hasta la casa de este, al cual encontró echado boca abajo en su cama con la espalda sumamente enrojecida, doña Justina sacó de su bolso unos cuantos tomates, para sorpresa de los presentes los partió en dos y dijo:
- pásenselos por la espalda una y otra vez, estos servirán para aliviar las quemaduras y refrescar la piel.
Los familiares siguieron al pie de la letra los consejos de la anciana, con lo cual los dolores del paciente se apaciguaron, ante la sorpresa de los familiares y médicos que solo atinaron a mirarse y exclamar: ¡santo remedio!
Así pasaron los años de esta mujer que se hizo de fama en nuestra provincia con sus curaciones que sorprendían a propios y extraños, sobre todo sus infalibles remedios caseros, entre estos:
- para bajar la presión; recomendaba hervir dos hojas de palto en 4 tazas de agua, luego hacia tomar dicho cocimiento 3 veces al día.
- contra el aire; indicaba pasarse el papel de las colillas de cigarro por la frente o frotarse con una barra de azufre.
- contra los orzuelos; recomendaba amarrarse un hilo en la muñeca del brazo opuesto a este, también frotarlo con un anillo de oro caliente, o sino levantar el parpado y escupir tres veces o por ultimo hacerle guiños a un gallinazo hembra al pasar este por los aires.
- contra el reumatismo; recomendaba tomar jugo de limón en las comidas o en lo que se beba, también tomar todas las mañanas una taza de cocimiento de apio.
- contra el hipo; ordenaba tomar el vaso de agua pero al revés, es decir por el lado posterior del vaso.
- contra el insomnio; hacía comer hojas de lechuga o manzana en las noches antes de acostarse, evitando así el desvelo.
- contra los chupos venenosos; mandaba a colocar un emplasto de linaza molida con leche.
Esta anciana hasta logró curar males extraños, los cuales se creía habían sido causados por brujas; como:
- el hechizo y el daño; para los cuales procedía a buscar donde estaba enterrado el mal, que muchas veces era un muñeco que tiene como base una coronta de maíz, la que se envuelve con trapos de la victima, también muñecos de cera, cabellos y lo que se pueda conseguir de la persona a quien se quiere dañar, a los cuales se les pincha con alfileres produciendo a estos una gran dolencia.
- para la “mancha” o “caracha” como se le conoce, se preparaba un brebaje que tenía como ingredientes la piedra infernal, el agua o aceite que quedaba en la lámpara del santísimo y polvos de la piedra Lara.
- contra el ”ayache”, que era un mal que atacaba a los niños volviéndolos raquíticos, haciendo que estos se pellizquen las manos y orejas; se cree que este mal también se contrae por motivo de que al nacer la criatura, la madre estuvo cerca de un muerto o fue con la criatura al velorio, con lo cual el tufo del muerto alcanzó al menor. Este mal lo curaba bañando al enfermo con cocimiento de altamiza, retama y ruda, luego se le pone ropa nueva al niño después del baño y la que se le quitó se mandaba a enterrar al cementerio, para que se vaya el mal.
- contra la “irigua”, esta enfermedad que se dice se adquiere cuando la madre gestante mira los defectos de algún animal, pone atención o le repugna algo que ve; la criatura en gestación por acto reflejo adquiere el defecto que la madre miró o en el cual ella puso su atención. La curación que daba doña Justina consistía en iriguar al niño, haciendo que un familiar lo tome en sus brazos los días martes y viernes, luego en forma de cruz lo pase sobre el animal o persona sobre la cual la madre se fijó en el defecto, pronunciando a la vez las palabras: “IRIGUA, IRIGUA, IRIGUA, IRIGUA” por repetidas veces, a la tercera o cuarta vez el niño quedara curado si se precede de la forma indicada.
Con el pasar de los años a Doña Justina le iba muy bien en su labor, pero como la vida y la salud no son eternas, un día la anciana cayó en cama victima de una rara enfermedad, lo cual fue visto con extrañes por los lugareños, ya que a ella no se le veía buen tiempo por el pueblo; así se corrió la voz de que estaba enferma y ante la preocupación de la gente fue visitada por los médicos de la provincia, quienes la encontraron en un estado muy delicado, luego de haber estado postrada en cama por varias semanas; estos se le acercaron a preguntar sobre su mal, para así intentar ayudarla; pero la ancana un poco obstinada y un tanto orgullosa, les dijo que se estaba tratando, que no se preocupen por ella, ya que pronto mejoraría.
Los médicos lograron convencer a la abuela de contar con su ayuda, procediendo a revisarla, analizando minuciosamente cada uno de sus síntomas; llegando a la conclusión de que esta se encontraba con un fuerte mal en los pulmones, por lo cual debían hospitalizarla sino esta moriría pronto; la abuela fue llevada al centro de salud, donde los médicos hicieron denodados esfuerzos por tratar de salvarle la vida, lográndola a su vez convencer de que no siga tomando sus extraños brebajes, los cuales no tenían ningún efecto ante una enfermedad tan avanzada. Doña Justina luego de estar al cuidado de los médicos por un buen tiempo logra restablecer su salud; así fue dada de alta y llevada a su casa, con lo cual la anciana quedó eternamente agradecida con sus salvadores.
Por lo sucedido doña Justina entendió que no todas las enfermedades pueden ser curadas con brebajes y remedios caseros, sino que estos solo pueden ser usados de emergencia para aliviar el dolor hasta que llegue el medico y determine el mal, pudiendo causar dichas preparaciones hasta la muerte, por la falta de eficacia de estos ante una enfermedad avanzada en el cuerpo.



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